LA LINTERNA MÁGICA*
Por: Roberto Ortiz Escobar
En cuanto a estrenos fuertes del ámbito comercial, 2010 arranca con Sherlock Holmes (Sherlock Holmes, 2009, Estados Unidos, de Guy Ritchie), una versión fílmica apartada del tono y la mecánica narrativa de las investigaciones policíacas efectuadas por el detective Holmes y su compañero, el Doctor Watson, vertidas en las obras de Sir Arthur Conan Doyle.
No obstante que el personaje ha aparecido en cerca de 200 películas desde el siglo pasado, la industria de Hollywood lo había olvidado en los últimos años como superproducción de enorme aparato publicitario. Bajo esta modalidad, el personaje debió modificarse y rodearse de acción constante y efectos especiales.
El resultado es una divertida obra que no se olvida de algunos de los elementos planteados en las historias literarias originales: el anhelo amoroso de Holmes (Robert Downey Jr.) por Irene Adler (Rachel McAdams), sus conocimientos de botánica y sustancias químicas, su olfato innato que lo lleva a deducciones sorprendentes, su capacidad de observación que entraña un amplio conocimiento de la psicología y las conducta humanas, su habilidad en el boxeo a mano limpia y sus pistas que señalan a Moriarty como artífice de la maldad sacudiendo la legalidad institucional.
En Sherlock Holmes encontramos a un detective desaliñado, encerrado en su departamento, viviendo una crisis de desempleo y tal vez de credibilidad, no obstante los esfuerzos de Watson (Jude Law) por sacarlo de la modorra. Si bien su buen vestir está a la orden del día, su espacio es un caos y se la pasa emitiendo sonidos atonales con su violín. Para fortuna de la policía londinense, muy pronto se integra a una investigación que va arrojando datos acerca de una secta añeja que quiere apoderarse del mundo para crear un nuevo orden milenario que entre otras cosas, deberá eliminar a la clase política inglesa aposentada en el parlamento y readueñarse del territorio norteamericano ahora independizado y convertido en nación pujante.
Especialista en cine de acción con buena dosis de violencia, Guy Ritchie y su guionista Lionel Wigram fueron conscientes que no cabía el manejo abierto del consumo de cocaína y heroína descrito por Doyle en este Holmes alicaído y temporalmente apartado del mundo. Recordemos que estamos ante una película para niños y adultos.
A cambio, se plasma una escenografía victoriana que detrás de su prosperidad industrial enfatiza una vida citadina de gran movimiento en barrios bravos, inundados de comercio ambulante, pobreza y delincuencia a la menor provocación. Este ámbito citadino decadente se relaciona eficazmente con un Holmes reticente, no muy pulcro y a punto de perder a su compañero de investigación por compromiso matrimonial. En medio de una cotidianidad poco atractiva socialmente, Holmes saca a relucir su prestancia en el boxeo en una cloaca callejera, donde sus deducciones brillantes se corresponden con una destreza física que lo llevan a ganar la batalla y los dividendos de las apuestas.
El amor alterado por coerciones e intereses oscuros, la fidelidad amistosa de dos hombres no obstante sus piques constantes, la autosuficiencia del detective haciendo gala de inteligencia y memoria supremas, y el germen de la maldad a punto de quebrantar los buenos oficios policiacos, se amalgaman en una historia en la que la acción está muy bien dosificada, pero sobre todo, es aderezada con un humor socarrón que encaja a la perfección en Downey Jr. y Law, cuyas actuaciones derivan en momentos ocurrentes. Ciertamente el primero está excedido pero supongo que era el propósito de su director al cambiar el talante de un personaje que en las películas se manejó durante mucho tiempo de manera correcta y muy ajustada al original literario. Este Homes está más cerca del profesional desacreditado y al borde del abismo que del investigador suficiente que va cosechando puntos favorables en una espiral de investigación rigurosa. Cinematográficamente está más ligado a películas de los últimos años, cuyas variantes han arrojado planteamientos originales: El caso final (The Seven-per-cent Solution, 1976, de Herbert Ross) y Without a Clue, 1988). Otro elemento favorable en la cinta es la magnífica banda sonora de Hans Zimmer, cuyas nutridas cuerdas apuntalan las diferentes acciones.
Para iniciar el año y previo a los horrores que la maltrecha economía mexicana impondrá desde la cuesta de enero, Sherlock Holmes es el mejor antídoto propuesto por la Meca del Cine.
*Artículo publicado en enero de 2010 en el periódico Política de Xalapa, Ver.