LA LINTERNA MÁGICA*
Por Roberto Ortiz Escobar.
Nominada a nueve oscares, entre ellos el de mejor dirección, Zona de miedo (The Hurt Locker, Estados Unidos, 2009, de Kathryn Bigelow) se ubica en la Guerra de Irak durante 2004 y nos remite a la Compañía Bravo, escuadrón de élite integrado por soldados estadounidenses encargados de desactivar bombas regadas en Bagdad por una insurgencia que resiste y pone en aprietos a las tropas del país de las barras y las estrellas.

Circunscrita en el género bélico, no existe en el guión ni en la directora la intención de un discurso crítico de la guerra o de la incursión del ejército estadounidense en Irak. El registro verista de carácter documental, sin embargo, respalda con creíble atmósfera un trabajo peligroso que puede generar heridas letales en cualquier momento. Más aún, la cámara en mano y los continuos desenfoques, plasman con gran dramatismo las conductas de los personajes que derivan en una suerte de locura compartida o desazón existencial, frente al horror de la muerte sorpresiva y el caos de un ambiente que trastoca el equilibrio bélico y la tranquilidad de la tropa.
Las peripecias cotidianas vividas por la Compañía Bravo ingresarán a una dinámica de pesadilla cuando un militar muerto en un estallido, sea sustituido por el sargento William James (Jeremy Rener), técnico especialista en la desarticulación de bombas. La diferencia con el colega anterior es que William no respeta los lineamientos militares, trabaja más allá del protocolo y no le importa poner su vida en la picota con tal de cumplir a cabalidad un trabajo de relojería que abraza denodadamente; cotidianamente desprende cables a punto de explotar con la consecuencia de estragos humanos y materiales.
El arribo de William James se convierte en el punto de quiebre dramático de una historia que se avoca a unos cuantos personajes, no descuidando la mirada cotidiana a los habitantes de Bagdad, quienes en todo momento, aún sin tener presencia protagónica, constatan con severidad la intervención extranjera. Serán los operativos de William los que pongan en entredicho el aplomo del sargento Sanborn (Anthony Mackie) y del soldado Eldrige (Brian Geraghty), sus compañeros de trabajo.
Dos aspectos llaman la atención en el buen guión de Mark Boal. En el primero, la certera observación de las reacciones conductuales de los tres personajes principales ante situaciones límites, como pueden ser el cruce de fuego con insurgentes atrincherados en una casa en medio del desierto, o bien la expectación angustiante por la atención extrema de William a un artefacto ligado a varias bombas a punto de detonar. El comportamiento de Eldrige nos recuerda la fragilidad y los miedos infantiles, aquellos que si bien apuestan al peligro con temeridad, se doblan al momento de la verdad porque el pensamiento ingenuo no mide jamás la gravedad de la experiencia asumida. Sanborn, en cambio, mantiene la cordura y la corrección militar, sin crear aspavientos en sus operativos; de ahí el cuestionamiento a los atrevimientos de William, de ahí el sobresalto y el miedo encabronado al saberse compañero cotidiano de la guadaña, más ahora que ayer.

En segunda instancia y apegada a una descripción minuciosa de los personajes, observamos la forma de convivir, las confesiones personales, los juegos viriles, las dudas y pensamientos del pasado familiar y el presente riesgoso. La borrachera y el duelo corporal de James con Sanborn deparan una de las escenas más disfrutable de la cinta, ya que sintetiza el afianzamiento y el respeto de seres en la intimidad del descanso relajado. Este será el escaso soporte anímico de tres militares, pues en sus horas de trabajo tienen todo que perder, más aún si el desarme de bombas implica 5 posibilidades más de morir en comparación a los demás soldados, sobre todo cuando los 150 técnicos de desarme diseminados en Irak en 2004, tenían un precio a sus cabezas de 25, 000 dólares ofrecidos por los insurgentes.
En el centro de las aventuras bélicas de Zona de miedo está William James, un militar curtido en los riesgos permanentes, si consideramos que ha desactivado 873 bombas con anterioridad. Si bien tiene un hijo que abraza amorosamente una vez reintegrado a territorio estadounidense, preferirá seguir desarmando artefactos fatídicos porque en esta actividad encuentra su razón de ser. Su inteligencia, sentidos e instinto, conforman una personalidad que no se achica ante el peligro o la muerte inminente. Al contrario, la emoción plena, el condimento sabroso de procedencia azarosa y una excitación suprema, se reúnen aceleradamente para darle significado a su vida. Su despliegue imprudente no tiene visos de presunción machista o exhibicionismo aleccionador. Él es un soldado solidario, tiene afecto amoroso por su vástago, sabe compartir y se preocupa además por la suerte funesta de un niño iraki con quien entabló relación cordial incipiente. La conducta de William sólo se explica en el seno de la acción guerrera y de los retos mayúsculos que ésta impone. Si bien este sargento está luchando para su país, su frenesí laboral va más allá de cualquier ideología y bandera patriótica. De ahí la riqueza y la complejidad del personaje que nunca nos explica las razones de sus actos radicales, tal vez porque no tienen una explicación sensata al ser parte de una vorágine sólo apreciable en el contexto drástico de la guerra, ahí donde la razón abandona la justificación de la acción militar, y donde la entrega total y alucinante conforma el eje motor en la lucha por el sometimiento a la contraparte, o bien el gozo por una práctica vuelta acción maestra, como en el caso del trabajo exacto de William.
Un pelo en la sopa en esta emocionante película: los diálogos no siempre están a la altura de las imágenes mareantes y sorprendentes debidas a Barry Ackroyd. Ni modo, Kathryn Bigelow es una cineasta de la acción visual más que de diálogos sesudos o reveladores. Su huella en el cine de adrenalina la encontramos en Punto de quiebra, Cuando cae la oscuridad, Acero azul y Días extraños. En el ámbito actoral, llama la atención que actores sólidos como Guy Pierce o Ralph Fiennes aparezcan momentáneamente, como si todas las luces estuvieran lanzadas a Jeremy Renner, el convincente actor de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford.
En el terreno de las nominaciones al oscar habrá que considerar la de mejor actor a Jeremy Renner como el sargento William James (simplemente soberbio), la de mejor fotografía a Barry Ackroyd (endemoniadamente caótica), y la de mejor directora a Kathryn Bigelow. Si lo obtuviera ésta, sería la primera mujer en ganarlo ya que otras colegas no pudieron abrazar la estatuilla dorada (Lina Wertmuller, Jane Campion y Sofia Coppola).
*Artículo publicado el 15 de febrero de 2010 en el periódico Política de Xalapa, Ver.