LA LINTERNA MÁGICA*
A Fernán González Hernández y Segundo Muñoz Amorín.
Por: Roberto Ortiz Escobar.
Ganador el año pasado del Oscar al mejor largometraje documental, Man on Wire: La hazaña del Siglo (Man on Wire, Gran Bretaña 2008, de James Marsh) estructura convenientemente su narración acerca de una aventura que pone por delante el riesgo mortal. Sin embargo, una vez superada la fatalidad en la que más que adrenalina destilada existe un control absoluto del miedo, cuaja una proeza de relevancia plástica articulada por el “poeta de la cuerda floja” (The New Yorker).

Se trata del alambrista Philippe Petit, quien después de sus aventuras en Sydney y Paris, se decidió a caminar sobre una cuerda suspendida entre las azoteas de las torres del World Trade Center de Nueva York, colapsadas en 2001 por un atentado terrorista.
Son varios los ingredientes regados con cierto aliento humorístico de identificación inmediata para el espectador: la entrevista a Petit y los amigos que se comprometieron en proyectos riesgosos de nula autorización legal, los materiales de acervo fílmico y fotográfico, y la representación de algunos de los sucesos relevantes. Uno de ellos es el que arranca la película remitiéndonos a la introducción a las torres gemelas como si se tratara de los preparativos de un asalto o atentado de clara provocación a la seguridad nacional estadounidense. A manera de truculento thriller policíaco, esta parte nos mete de inmediato a un asunto cuyo manejo clandestino encuentra una filiación narrativa sabrosa e inteligente.
Mientras las partes actuadas son en blanco y negro, las entrevistas a cuadro se manejan en color. De forma paralela, se aborda el proyecto de las torres gemelas con imágenes del pasado de Petit (infancia, adolescencia, la experiencia en Sydney y Paris), y por momentos, la acción se estaciona en los pasajes representados, como por ejemplo, el escondite en una de las torres gemelas debajo de una lona cubriendo material de construcción para evitar el descubrimiento de Petit y sus compañeros por los guardias de seguridad del edificio.
Si nos atenemos a lo dicho por Petit, siendo adolescente y sentado en un consultorio para una revisión médica, quedó pasmado al ver en una revista o periódico el plan arquitectónico de construcción de las torres del World Trade Center. No sabía exactamente en esos momentos a qué le llevaría esa realidad futura más cercana a la ciencia ficción que a la realidad citadina, pero desde entonces nació una obsesión que a través de los años abrazó y se tradujo en despliegue artístico como alambrista. Una vez alcanzado el rigor de la preparación física y mental, y con la ayuda de amigos congeniando en la misma locura, preparó los golpes de efecto en lugares de relevancia turística, religiosa y comercial: la moderna ciudad de Sydney, las dos torres de la catedral gótica de Notre Dame y los dos edificios emblemáticos del capitalismo estadounidense del último tercio del siglo pasado, ubicado en el ombligo neoyorkino.

Es cierto que estamos frente a un documental cuya finalidad es proporcionar una información determinada. Pero la forma como el director coloca y condimenta las piezas, nos relaciona más bien con un relato de corte fantástico donde el asombro aparece en cualquier momento por la temeridad del acto y la crispación que provoca el ingenio de dominar el vértigo a 110 pisos de altura, es decir, 450 metros que hubieran provocado la caída fatal del inspector de policía John Scottie Ferguson-James Stewart al perseguir a un delincuente por las azoteas de elevados edificios en San Francisco, California (De entre los muertos, 1958, de Alfred Hitchcock). La gracia y el espíritu lúdico desplegado por Petit joven se conectan con la narración briosa y apasionada treinta años después, en la que el mismo personaje ve en retrospectiva una hazaña “donde la vida debe ser vivida al borde de la vida”. El donaire y frescura de Petit desarrollados en su proeza se patentiza en su caminata de 45 minutos sobre una cuerda, haciendo caso omiso de los policías que lo esperaban al borde de los edificios, y más aún, provocándolos socarronamente al acercárseles y darse la vuelta para seguir danzando frente a un vacío descomunal y nauseabundo. Una vez tomadas las riendas y el control absoluto de su acto semejante a una demostración circense, Petit cumplía su desafío y podía decir sin empacho: “Si muero, que hermosa muerte, ejercitando tu pasión”.

Pero si bien el elemento lúdico contagia constantemente al documental, éste se tiñe de nostalgia en la parte final por los recuerdos tristes de la pérdida de la amistad (con un colega) y del amor (su pareja sentimental que lo acompañó en sus aventuras). Esto es platicado por los otros y no por el alambrista. Sin dilucidar del todo este aspecto que se queda en el misterio, se sugiere el distanciamiento de Petit y la fractura irremediable. En un pasaje la novia platica que Petit no le preguntó que debía de estar con él porque sabía que tenía que estar a su lado y punto. Más adelante y una vez terminado el acto de las torres gemelas, Petit tuvo una relación meteórica con una fan como culminación orgásmica demandante.
Tomando como punto de partida el libro de Petit Alcanzando a las nubes, este documental es cubierto con efectividad por una banda musical de Michael Nyman quien en los momentos tensos nos repite una de sus composiciones, agrega música de Edward Grieg, la Quinta de Beethoven interpretada por Walter Murphy, y dos delicadas piezas a piano de Erik Satie.
El 7 de agosto de 1974 quedará consignado como el día irrepetible en que un hombre con suficiente seguridad mental y soporte físico se amparó con el paraguas de la locura infantil, asombrando al mundo con una proeza que sólo los grandes rematan arriesgando la vida misma.
*Artículo publicado el lunes 10 de mayo de 2010 en el periódico Política de Xalapa, Ver.