LA LINTERNA MÁGICA*
Por: Roberto Ortiz Escobar
La reina joven (Young Victoria, Gran Bretaña-Estados Unidos, 2009, de Jean-Marc Vallée) ganó el oscar al mejor vestuario (Sandy Powell) y fue nominada en dirección de arte y maquillaje.

Suele suceder que este tipo de producciones fastuosas sean políticamente correctas si nos atenemos a la imagen final brindada a los monarcas europeos, en este caso a la británica Victoria, cuyo reinado ha sido de los más longevos en la historia. Si bien se ponen en la escena una serie de vericuetos de la política y ciertos comportamientos de la nobleza, al final del camino la anécdota no es hiriente ni rasga las vestiduras portadas por estos personajes. La magnificencia arquitectónica de los palacios, la exquisitez del ropaje y la vistosidad de los comportamientos de la corte, servidumbre y políticos, conforman la triada perfecta que respalda planteamientos superficiales de conflictos humanos, crisis institucionales y sucesos históricos.
La reina joven reúne los requisitos anteriores y se convierte en una historia de amor identificada con el cuento de hadas. De manera relampagueante se alude la infancia de Victoria Regina, hija de la Duquesa de Kent (Miranda Richardson) y sucesora a los 18 años (Emily Blunt) de su tío Guillermo IV (Jim Broadbent). La mayor parte de la acción se centra en su ascenso a la corona y la relación romántica con el príncipe Alberto (Rupert Friend). En medio de ese ascenso, los inicios monárquicos y la consolidación, brotarán los intereses de John Conroy (Mark Strong), del monarca de Sajonia y sobre todo del primer ministro Melbourne (Paul Bettany).
Si bien se dibujan las presiones para controlar y subordinar a una reina inexperta, sin malicia ni olfato todavía, éstas parecen mero ornamento y no se convierten en el meollo de acontecimientos duros que nos remitirían a un reinado ingresando a la modernidad industrial, la hegemonía colonial y la agudización de la resistencia irlandesa. Todo esto se menciona a vuelo de pájaro porque el soporte de la historia es al afán amoroso de dos jóvenes que están por encima de los intereses familiares y políticos, justificados por un enamoramiento fulminante de por vida, si consideramos los nueve hijos que ambos tuvieron y el luto profesado por Victoria a la muerte de Alberto en 1861. Pero esto último, inclusive, sólo se menciona en textos sobre fondo negro.
¿Qué se puede esperar de una película decorosa que no va a más allá de la reivindicación de una reina, que por cierto, resulta demasiado atractiva en el rostro y figura de Emily Blunt? Si nos atenemos a los cuadros pictóricos con el rostro severo de Victoria, en ningún momento se nos ocurriría un parentesco con la belleza de la Blunt. La reina joven se resiste a plantearnos un verdadero drama porque la pasión de dos jóvenes se da por sentada y nunca sortea una crisis creíble de pareja, tan sólo rabietas de soberana omnímoda que aún no ubica que el amor matrimonial puede ser la base de un poder compartido. El perfil airoso e independiente de una joven de menos de 18 años tampoco se posiciona con la gravedad que el caso ameritaba, más aún, tratándose de una reina que gobernó por mucho tiempo y enfrentó más de un temporal con el parlamento y sus ministros.

Para el público amante de este tipo de historias que la industria del Reino Unido fomenta de vez en cuando, cual entusiasta celebración de viejos fastos, existe otra película referida a una Victoria de edad mayor, desprendida de sus deberes de gobierno y atenida al ostracismo depresivo, derivado de la muerte de Alberto. Ubicada en el periodo 1864-1883, Su majestad la Sra. de Brown (Mrs. Brown, Gran Bretaña-Estados Unidos, 1997, de John Madden) plantea de manera correcta y sin la fastuosidad de La reina joven, los avatares políticos, los líos de la corte, pero sobre todo, la amistad prolongada de la reina (Judi Dench) con John Brown (Billy Connoly), uno de sus ayudantes de cámara, cuya manera de dirigirse y relacionarse con la soberana provocó no sólo los malos comentarios sino el riesgo de una crisis política. Con un magnífico soporte actoral que recae en la entonces sobresaliente actriz teatral londinense Judi Dench, esta cinta maneja también los entretelones del poder (la confrontación del ala conservadora con la vertiente republicana), pero arraiga con mayor consistencia en el vínculo de sus personajes, poniendo en el escenario de la discusión, el papel de un súbdito y sus alcances reales ante una condición monárquica centenaria.
*Artículo publicado el 22 de marzo de 2010 en el periódico Política de Xalapa, Ver.