LA LINTERNA MÁGICA*
Por: Roberto Ortiz Escobar
La isla siniestra (Shutter Island, Estados Unidos, 2010), me provocó estados de ánimo contradictorios en mi primera y única visión hasta el día de hoy. Por momentos me convence en la medida que el cambio de tono y narración se corresponde con la exposición gradual y detallada de la psicología del personaje central. Pero en otras ocasiones, me da la impresión que la duración de algunas escenas se prolonga demasiado, tal vez porque la intencionalidad del director fue dotar de tensión y extensión verbal a los momentos claves y definitorios del drama padecido por un hombre enfrentado a sus demonios internos (la discusión en la cueva entre Teddy Daniels y Rachel, por ejemplo).
Al igual que el arranque de Bastardos sin gloria, la segunda secuencia de la cinta es impecable técnicamente. El ingreso del agente del FBI Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) y su compañero Chuck Aule (Mark Ruffalo) al hospital Ashecliffe es soberbio, con audaces ángulos de cámara y música subyugante, recordándonos los poderosos planos aéreos del viaje a la exaltación mental de Jack Torrance en El resplandor (The Shining, 1980, de Stanley Kubrick).
Si bien ha sido señalado, las primeras imágenes de la cinta pueden darnos algunas claves para considerar que lo visto no necesariamente es la verdad expuesta por una narración en cuyas premisas confiamos. Se diría que en todo el relato están regados los elementos que nos permitirán dilucidar el verdadero acertijo de la cinta. Si como espectadores nos replegamos a la explicación final, deberemos admitir que la trama truculenta esbozada por Scorsese reunió su efecto, porque no dilucidamos lo previamente visto. En el cine vivimos historias prestadas que nos identifican con determinados personajes, a quienes respaldamos y deseamos que salgan airosos de sus aventuras extraordinarias, pocas veces rutinarias o del orden común. Frecuentemente apostamos por el personaje central, a sabiendas de que a veces es políticamente incorrecto y no cubre los deberes éticos. Con La isla siniestra pasa algo similar porque en buena parte de la historia seguimos la investigación de Teddy y confiamos en sus especulaciones e investigaciones. Cuando la trama va girando de ruta, sentimos desprotegido al personaje y hasta percibimos que podría tener un remate desafortunado, con cierto parentesco a la suerte vivida por María Torres López (María Rojo) en María de mi corazón (1979, de Jaime Humberto Hermosillo). De ahí nuestro agobio emocional como espectadores.
Teddy inicia una investigación sobre la desaparición en el hospital de una mujer asesina de sus tres hijos, encontrando un entorno adverso que lo podría convertir en víctima propiciatoria de experimentos médicos que incluyen la lobotomía para pacificar delincuentes extremos. Paralelo a las investigaciones de Teddy y su colega, encontramos flash backs y sueños que identifican las perturbaciones del agente por su incursión en la Segunda Guerra Mundial y la muerte drástica de su esposa.

Todo inicia como emocionante thriller policíaco de ingrediente paranoico de la guerra fría (los experimentos del hospital podrían conectarse con el Comité de Actividades Antiamericanas), colocando a Teddy en la antesala de un plan macabro. El agente observa situaciones que le sugieren un manejo perverso del director del hospital (Ben Kingsley), lo cual podría convertirlo en un atrapado sin salida (One Flew Over the Cuckoo’s nest, 1975, de Milos Forman). En este punto de la investigación, la narración va cambiando de tono, se torna más seca, elástica y angustiante, al grado de transformarse en thriller psicológico tremebundo, cuyo clima agobiante aterriza en una exposición minuciosa sobre los móviles de la conducta humana, desplazando la premisa policiaca inicial. De ahí que esta vertiente, pero sobre todo, la obsesiva atención que Scorsese le dedica, podría ser decepcionante para más de un espectador. Me refiero a que todo lo que hemos visto remata en un debate demasiado explícito de lo que a final de cuentas ha pensado y vivido el personaje central. Ciertamente como público necesitamos juntar todos los cabos sueltos y la penúltima escena nos lo subraya para que no exista confusión. Scorsese desordena las piezas de un rompecabezas y nos invita a ponerlas en el lugar debido. Se entiende que este tipo de medida se torne indispensable dentro de los cánones comerciales de una producción fílmica, la cual no debe dejar dudas o interrogantes en el público, que pudieran derivar en malestar y rechazo taquillero. Pero esa es la posición de la industria fílmica.
Lo que no se puede negar sino más bien reconocer, son lo elementos empleados por Scorsese para exponer los tormentos mentales y emocionales de Teddy en su viaje sin retorno a un pasado que lo perturba a cada momento. Sus vivencias oníricas son expuestas con maestría. No sólo la música nos recuerda los acordes retorcidos de Bernard Herman usados por Scorsese en Taxi Driver (1976) y Cabo de miedo (Cape Fear, 1991); la deslumbrante puesta en imágenes de los flash facks y los sueños, nos separan de la línea narrativa central para ofrendarnos un banquete visual donde los efectos especiales con colores sublimes, sorpresivamente nos participan de algo más que una sagaz investigación, al plantearnos, cual alucinación mental, los miedos, recuerdos tormentosos y la dificultad de retornar el equilibrio.
Por lo pronto, la estrategia en el lanzamiento de La isla siniestra ha sido exitosa. El fin de semana de su estreno amasó 41 millones de dólares (costó 80), convirtiéndose en el estreno de mayor recaudación de la mancuerna Scorsese-DiCaprio (Pandillas de Nueva York, El aviador e Infiltrados). Si bien se estrenó en el Festival de Berlín, éste se realizó fuera de concurso y fue aplaudido, generando una expectación que la podría instalar en la pasarela de la Academia de Hollywood para la entrega de los oscares en 2011. El plan con maña podría funcionar, si consideramos que La isla siniestra cuenta con varios atributos en dirección, actuación, música, guión y dirección de arte.
Martin Scorse dirigió a Robert de Niro en varias de sus películas, algunas de ellas obras maestras (Taxi Driver y Toro Salvaje). Con Leonardo DiCaprio como sustituto a bordo, retomó el aliento fílmico y se recuperó de un bache prolongado (de Casino, 1995, a El aviador, 2004) con la apreciable Los infiltrados (The Departed, 2006). Da la impresión que el niño bonito y galán de quinceañeras anhelantes de Titanic, va forjando reciedumbre en su personificaciones últimas. Por lo pronto, en La isla siniestra desarrolla su mejor actuación con Scorsese, de quien se puede decir que tiene todavía mucha tela de donde cortar. En esta ocasión nos recuerda el mejor cine policíaco estadounidense, basado en una novela de Dennis Lehane (el mismo de Río Místico y Desapareció una noche).
*Artículo publicado el 15 de marzo de 2010 en el periódico Política de Xalapa, Ver.