LA LINTERNA MÁGICA*
Por: Roberto Ortiz Escobar
De nueva cuenta una película de reciente producción hollywoodense ubica su acción en la guerra de Estados Unidos contra Irak. La industria del país de las barras y las estrellas acostumbra abordar sus conflictos bélicos con diferentes enfoques. Sus pasajes históricos pueden darse en la Secesión, la Independencia, la Segunda Guerra Mundial, Corea o Vietnam. Cada película tiene su propia lectura que justifica el intervencionismo imperialista o mantiene una postura liberal con cierta dosis crítica.

Recientemente, la ganadora de varios oscares Zona de miedo (The Hurt Locker, Estados Unidos, 2009, de Kathryn Bigelow), trasladaba su argumento a Irak donde veíamos los operativos de un escuadrón estadounidense de élite desactivando las bombas regadas en Bagdad por la insurgencia. Si bien el registro se acercaba a la narrativa documental y en varios momentos encontrábamos el rechazo del pueblo iraki al intervencionismo estadounidense, era evidente que Bigelow partía de un contexto bélico real como pretexto, ya que quería compartirnos la experiencia tremebunda que significa la participación en cualquier guerra, partiendo específicamente del sargento William James (Jeremy Rener), cuya conducta vomitaba adrenalina, transgredía la línea delgada de la razón y daba rienda suelta al frenesí individual por encima de cualquier ideología y bandera patriótica. Al igual que Apocalipsis ahora (1979, de Francis Ford Coppola), Zona de miedo nos metía de lleno en la locura del comportamiento humano en un evento bélico. De ahí a que la cinta pudiera verse como un panegírico estadounidense o crítica acerba hay una enorme distancia. Esto tampoco significaba que se trataba de un panfleto reaccionario.
El enfoque liberal lo encontramos ahora en La ciudad de las tormentas (Green Zone, Estados Unidos-GranBretaña-Francia-España, 2010), de Paul Greengrass, especialista en docudramas con narraciones de enorme tensión emocional (Domingo sangriento, 2002; La supremacía Bourne, 2004; Vuelo 93, 2006, Bourne el ultimátum, 2007).
Las cintas dedicadas al personaje de Bourne interpretado eficazmente por Mat Damon, articulan emocionantes persecuciones paranoicas, inscritas en el mejor cine de espionaje de ficción. En cambio, la vinculación a sucesos reales o de aproximación histórica, son muestras de aliento crítico en situaciones excepcionales: los últimos minutos de la tripulación de uno de los aviones que chocaron en las torres gemelas neoyorkinas en septiembre de 2001 (Vuelo 93) o la masacre de irlandeses en una marcha pacífica por parte de la tropa inglesa en 1972 (Domingo sangriento).
En el último rubro se inscribe La ciudad de las tormentas, con guión de Brian Helgeland, basado en el libro de Rajid Chandrasekaran. La ficción visual parte de elementos de la realidad histórica con datos interesantes sobre la intervención de la coalición multinacional en Irak, con la cual Estados Unidos justificó la guerra por las supuestas armas de destrucción masiva fabricadas en el gobierno de Sadam Husein. Con algunos tintes de discusión acalorada, se plantea la inutilidad de los rastreos y búsqueda de dichas armas letales por parte de las unidades militares, en este caso, del oficial Roy Miller (Matt Damon), quien en su labor incesante encuentra sólo bodegas y fábricas de escusados desolados pero nunca las tan anunciadas armas. También se pone de relieve los enfrentamientos de la CIA con el ejército sobre el tema primordial de la intervención.
Estos elementos del guión cuestionan la posición moral de una guerra donde varios países como Estados Unidos, Gran Bretaña, España, Dinamarca, Australia y Polonia, etc., ampararon una intervención que ha generado desde marzo de 2003 miles de muertes civiles, la agudización de los conflictos entre los diferentes grupos étnicos y una guerra civil que no tiene para cuando acabar.
Bien por la exposición de una realidad vergonzosa que expone de nueva cuenta los propósitos de las guerras imperiales, vinculados ahora con los recursos petroleros y enmascarados por una reformulación democrática que sustituiría el totalitarismo de Husein. Bien por las magníficas dosis de acción donde una nerviosísima cámara en mano se une al cuerpo de los rastreadores de las armas de destrucción masiva, así como a las pantallas de los centros de inteligencia y los helicópteros en esa formidable persecución al general Al Rawi en los barrios de Bagdad.

Lo que ya no resulta del todo bien es la apología muy hollywoodense en la que un solo individuo (Roy Miller) será el termómetro, motor e inteligencia que revele la información extraordinaria sobre la mentira de las armas de destrucción masiva, avalada también por ciertos medios de comunicación que justificaron la guerra sin profundizar con fuentes de información confiable.
Si bien la película nos mantiene atado a la butaca por las escenas de acción trepidante apoyadas con una edición briosa y una música contundente, algunos pasajes argumentales no alcanzan credibilidad: el informante iraki y su periplo final y la reunión del general Al Rawi con Miller.
Sin duda estamos ante una película de intención crítica a la que se agradece sus anotaciones de un proyecto cruento injustificable. Sin duda actualmente Greengrass es uno de los mejores cineastas de acción porque sabe articular muy bien sus thrillers, sean bélicos, de espionaje o de drama colectivo. Con un costo de 100 millones de dólares, el director filmó en España, Marruecos e Inglaterra en su intento de retratar Bagdad en 2003.
Con respecto al título de La ciudad de las tormentas impuesto en las salas comerciales de México, nada que ver con el original de Green Zone que nos remite efectivamente al nombre de un área en Bagdad, específicamente al Palacio de la República convertido en lugar de operación militar. Conformada por una superficie de cinco kilómetros vinculada al río Tigris, cubierta de jardines, oficinas del gobierno y residencias de funcionarios en la época de Husein, fue calificada como verde por los estadounidenses al ubicar ahí a sus efectivos militares y civiles mientras se aplacaba a la resistencia iraki. Como suele suceder en nuestro país, los títulos originales se nos escamotean a cada momento.
*Este artículo se publicó el 26 de abril de 2010 en el periódico Política de Xalapa, Ver.