LA LINTERNA MÁGICA
Por: Roberto Ortiz Escobar
De nueva cuenta Michael Mann nos obsequia un thriller policíaco, pero deja de lado el ámbito contemporáneo para remitirnos a un personaje real de principios de los treinta del siglo pasado, durante la Gran Depresión en Estados Unidos. Me refiero a Enemigos públicos (Public Enemies, Estados Unidos, 2009), espléndida recreación de imágenes de época y atractiva idealización de John Dillinger (Johnny Depp), un hombre que al final de su etapa delincuencial asaltó bancos en varios estados en menos de año y medio, lo que bastó para ubicarlo como el enemigo público número uno.
Como en sus anteriores filmes, Michael Mann insiste en mostrar con lujo visual la diferencia de dos caras repelentes de una misma moneda (policía y delincuente), las cuales evidencian las contradicciones de un sistema justiciero en el manejo de las herramientas de investigación, persecución y sometimiento.
Si en El sabueso (1986) la parte investigadora parecía fundirse en la mente del asesino serial para atraparlo, en Enemigos públicos se utiliza no sólo la mecánica policíaca innovadora del naciente FBI, sino técnicas ofensivas a los derechos humanos con tal de encontrar el paradero de un delincuente vuelto figura popular atizada institucionalmente cual dañino perro rabioso.
Si bien las contrapartes vivirán en carne propia el juego persecutorio del gato y el ratón, éste se torna estrategia embelesadora que arropa tanto a delincuente como a policía. Será en la dinámica persecutoria en la que observemos los más ingeniosos juegos de la mecánica cinematográfica y que en el caso de Mann se traduce en soberbios manejos de cámara, planos breves de justa edición, fotografía digital de impactante grano abierto, escenarios de sofisticada violencia, banda sonora arrolladora y una mirada cáustica a personajes marginales y solitarios que se reconocen y ponen lo mejor de sí en un altercado bestial que vomita sangre y quebranta el ilusorio orden institucional. No es necesario que los enemigos acérrimos se vean con frecuencia para mitigar sus ofensas. Los encuentros y/o convivencias en los filmes de Michael Mann son escasos pero determinantes: en El sabueso, ex agente y policía se ven en la escena final; en Fuego contra fuego, (1995) detective y asaltante dialogan en una ocasión; en Enemigos públicos, el agente del FBI Purvis (Christian Bale) visita a un Dillinger prisionero que interpela con agudeza a su cancerbero. La variante se ilustra en Colateral ((2004) con la convivencia permanente de matón y taxista al condicionar el primero los viajes que le llevarán a sus víctimas.
Además de los dramas humanos que evoca el productor de las célebres series televisivas La historia del crimen y Miami Vice, encontramos en sus relatos fílmicos el uso pertinente y obsesivo de la tecnología: en El sabueso, la aplicación forense y la detección de huellas; en Enemigos públicos, la embestida de un FBI iniciático comandado por el incisivo Edgar Hoover depositando en Purvis el rastreo eficaz de objetos, testigos y llamadas telefónicas. En El informante (1999), la tecnología se vincula a intereses leoninos que atentan contra la salud pública (el poderío de las televisoras privadas).
Y es precisamente el buen uso de la tecnología el que acose y ponga en la picota a Dillinger en Enemigos públicos. Frente a un arsenal técnico y policíaco que no calcula el eficaz asalta bancos, éste se verá asediado por una mecánica que desconoce y que lo pondrá en un callejón sin salida. Más temprano que tarde, Dillinger caerá no obstante sus continuos atracos y escapes carcelarios. La fehaciente como contenida interpretación de Johnny Depp nos lleva de la mano de un hombre que vive el presente al límite y sin reflexión de un futuro incierto que es borrado por la ráfaga de los atracos, cual adrenalina pura que justifica una existencia plegada al instante del ahora.
En ese parentesco enorme con el western crepuscular, Mann nos reitera que en la lucha entre civilización y barbarie, ésta última se torna insuficiente y anacrónica al ser superada por una legalidad institucional que al tejer el Jardín del Mundo, destierra al Gran Desierto Norteamericano a un hombre apasionado a las carreras de caballos, el whiskey y los carros. Un hombre que al escuchar el eco amoroso y pretender cambiar la ruta (espléndida Marion Cotillard como la enamorada Billie Frechette), encuentra abruptamente la soledad, la traición y el alejamiento del crimen organizado que le dio cobijo y se benefició de él.
Por si fuera poco, aparece en pantalla Diana Krall con su voz seductora y escuchamos a Billie Holiday como referente musical de época.
*Este artículo se publicó el 13 de julio de 2009 en el periódico Política de Xalapa, Ver.