LA LINTERNA MÁGICA*
Por: Roberto Ortiz Escobar
Una tremebunda realidad apocalíptica impone la sobrevivencia, cazando un gato lastrado por los efectos de la radiación nuclear, o bien defendiéndose de pandillas depredadoras que asolan ciudades y donde la ley del más fuerte se traduce en acción rampante. En medio de la desolación, un hombre armado hasta los dientes camina afanosamente cientos de kilómetros, pretendiendo arribar al oeste estadounidense para entregar un objeto que podría contribuir a la sanación espiritual de un mundo caótico, desamparado, hambriento de agua, comida y condicionado por la rapiña individual y grupal.
El libro de los secretos (The Book of Eli, Estados Unidos, 2010, de Albert y Allen Hughes) es una más de las películas de raigambre apocalíptica elaborada por la mercadotecnia hollywoodense, con ribetes temáticos sobre la degradación-extinción de la vida humana, animal y vegetal, y la debacle por detonación nuclear o predominio de la tecnología (Crónicas mutantes, Terminator, Salvation, 9-Nueve y 2012).
El libro de los secretos y Crónicas mutantes tienen parentescos más específicos, si consideramos la vena religiosa de ambas que ubican en la trama a representantes cristianos o sus libros sagrados como enmienda marginal al desastre planetario proveniente de la soberbia humana. Resulta que en Crónicas mutantes, el plan maestro para salvar a la humanidad proviene de un cura. Mientras los comunes mortales consiguen un salvoconducto que los transporte a otro planeta o de plano huyen como cucarachas asediadas por la despiadada suela del zapato mutante, el hermano Samuel (Ron Perlman) prepara la urgente salvación humana, ingresando a las entrañas de la Tierra para inutilizar una máquina poderosa que engulle los cuerpos humanos convirtiéndolos en depredadores. Sólo él y sus textos reveladores lo conducirán a caminos riesgosos pero liberadores que rescatarán la condición humana, a semejanza de Dios.
En cuanto a El libro de los secretos, Eli (Denzel Washington), un hombre de fe se vuelve portavoz de una esperanza humana socavada por la sobrevivencia inmediata y la expoliación. Haciendo un recorrido de este a oeste, tal como lo efectuaron muchos de los primeros inmigrantes a suelo norteamericano, Eli tiene un objetivo y no se detiene ante nada, aunque esto signifique matar gente en provecho de una causa mayor: salvaguardar y entregar a depositarios sensatos el último ejemplar de la Biblia, ya que todos los demás fueron destruidos.
Con este soporte central inverosímil y ridículo, no obstante su apelación a principios éticos y espirituales, el guión de Gary Whitta se convierte en una especie de alegoría sobre el enfrentamiento entre bondad y maldad humanas en tiempos de cólera y desazón. Mientras Eli sigue los pasos de un iluminado reivindicando el orden y la regeneración espiritual en medio del caos, su contraparte Carnegie (Gary Oldman) es un sátrapa que gobierna dictatorialmente un pueblo y condiciona a sus habitantes con el aprovisionamiento del agua. Pero su maldad podría gozar de mayor impunidad si detentara el libro sagrado de Eli y con él, esclavizara a los humanos.
El mayor logro de esta película no descansa en su manida y aleccionadora apuesta argumental, sino en su cuidada fotografía y dirección de arte. Las imágenes deslavadas virando al sepia y retocadas por efectos especiales, logran atmósferas desoladoras tanto en exteriores como en interiores (Eli caminando en medio de vehículos destrozados con un horizonte enrarecido, el ambiente festivo cantinero pendiente de cualquier novedad humana por saquear, la covacha pasajera de Eli en medio del desierto).
En la ambientación y la confección de los personajes principales, El libro de los secretos encuentra parentescos con el western: la avenida principal y las casas de un pueblo asolado por la precariedad y la maldad, la cantina repleta de malhechores vendidos al mejor postor, los duelos en medio de la calle donde cierto código ético se impone ante la brutalidad bestial de los villanos. El personaje de Carnegie nos recuerda la reivindicación de la barbarie en un mundo sin principios, leyes y autoridades justas, tal como se vivió en el lejano oeste. Eli en cambio, representa la instauración del orden y la armonía necesarios en la forja de un pueblo estadounidense con instituciones.
Algunos pasajes y personajes secundarios contribuyen a enriquecer la anécdota principal de la cinta: el ratón hambriento al que piadosamente Eli provee de alimento, el suicidio humano frente a una realidad atroz sin visos de solución, la caníbal pareja de ancianos vuelta anfitrión emergente de Eli y Solara (Mila Kunis), la chica que no vivió la hecatombe hace algunos lustros, pero que sigue a Eli, cual devota iniciática de preceptos humanistas.
Si uno observa las bondades de la producción, podrá dejar de lado el esquemático y chapucero discurso de salvamento post apocalíptico, vía la redención bíblica. Como si la humanidad pretérita y actual, aún no asentada en la extinción planetaria, no hubiera escarmentado otro tipo de depredación: la de los designios divinos enarbolados por una institucionalidad católica con siglos de afrenta espiritual.
*Artículo publicado el 8 de febrero de 2010 en el periódico Política de Xalapa, Ver.