LA LINTERNA MÁGICA
Roberto Ortiz Escobar
En el cine de Amat Escalante los personajes se manejan por impulsos, se diría que sus instintos dan cause lo mismo al placer obsesivo que al suicidio o la agresión asesina, no existiendo freno, arrepentimiento piadoso o reflexión en la realización de actos extremos. Y no existe esto último porque sus conductas revelan un nivel escaso de discernimiento o conciencia crítica frente a realidades inmediatas que los rebasan y donde el cuestionamiento moral pasa a un segundo plano o no existe. ¿Puede haber debate interno ante una cotidianidad desquiciante y de evidente rutina laboral (Sangre, 2005) o frente a la urgencia de recibir unos cuantos dólares para sobrevivir discriminado al otro lado de la frontera norte (Los bastardos, 2008)?
En la realidad inmediata, las acciones de los personajes en la casa o en el trabajo se desarrollan de manera fútil. Sus movimientos obedecen a una suerte de inercia, a formas rutinarias de encarar una cotidianidad para nada estimulante. La vida plana, aburrida y sin grandes acontecimientos los engulle momento a momento. Queda sí, el frenesí sexual (Sangre) o la idea de revancha pretendiendo cambiar los roles de explotado a explotador (Los bastardos). Las opciones son mínimas en un mundo que rebosa violencia e impone el refugio solitario y la ruptura comunicativa.
Sangre nos retrata con minucia los pormenores cotidianos de Diego (Cirilo Recio Ávila) y Blanca (Laura Saldaña), una pareja clase mediara que vive en una casa de interés social en la ciudad de Guanajuato. Sus actividades se efectúan en la cocina, la habitación, el comedor o frente al televisor. También en el sillón donde se suscitan fajes y cogidas exentos de diálogo y cargados de mutismo. ¿Pasa algo en estos eventos? Se podría decir que no pero la esencia de sus vidas es esa y no otra. Está conformada por momentos subordinados a la inercia en las labores hogareñas, al uso viciado del tiempo libre y a la procuración abrupta del placer sexual. De ahí que el delgado hilo de la paciencia puede romperse en cualquier momento, tal como lo rebela el suicidio inesperado de Karina (Claudia Orozco), la hija adolescente de Diego, así como el deambular mecánico y cansino de éste último en medio de un basurero caótico.
En Los bastardos estamos ante migrantes indocumentados mexicanos en Estados Unidos, los cuales no tienen mucho rejuego amistoso a no ser la reunión con los connacionales al buscar el “jale” todos los días para laborar en los campos agrícolas o en la construcción. Son recelosos, desconfiados y rencorosos con estadounidenses avizorados como abusivos.
De ahí el asalto a una casa gringa clase mediera habitada por la madre y su hijo adolescente en la cual los mexicanos Jesús (Jesús Moises Rodríguez) y Fausto (Rubén Sosa), pretenden encontrar las bondades de la comodidad pero también la revancha al sentarse en la mesa del comedor y esperar a que la madre solitaria les caliente alimento en el horno de microondas que comerán para después nadar en la alberca, consumir droga y ver la televisión. En muy breve tiempo se establecen relaciones de dominio y sometimiento (Jesús hincado besando el sexo de la señora), pero quienes aparentemente dominan no logran del todo condicionar y sacar provecho de las mieles anheladas, cual amos desclasados, desarraigados y marginados, como lo sugiere el título de la cinta.
Lo que sucede en esa casa evidencia las diferencias abismales de dos culturas que deben de compartir territorio sin existir elementos culturales o humanos afines entre ellas. La abrumadora soledad en ambas partes nos remite a la insalvable orfandad de Jesús y Fausto, y a la nula comunicación de la familia gringa en medio de una mesa que evidencia consumismo refresquero y silencio prolongado.
Aunque desconozco el corto de Escalante referido a la adicción y el abuso sexual infantil (Amarrados, 2002), tanto éste como sus dos largometrajes posteriores reúnen una línea temática que podría ilustrarnos de los distanciamientos e incomunicación de una sociedad donde los valores se tambalean, el modelo económico avala la mediocridad material, el pivote amoroso es saboteado por la soledad, la educación incipiente apuntala verbalizaciones elementales y la fraternidad solidaria no encuentra eco benevolente. De la infancia abruptamente descobijada (Amarrados), pasamos a los sinsabores de una clase media alicaída y sin ánimo vital (Sangre) para rematar con los expulsados al país más poderoso del mundo con tal de encontrar refugio en el ostracismo, la explotación laboral y la discriminación grosera (Los bastardos).
Con narrativas lentas y densas que imponen el plano fijo de poca o nula movilidad de los personajes al interior del cuadro, con el empleo de escasos actores no profesionales y con la aplicación de presupuestos bajísimos, inconcebibles en un cine independiente estadounidense, Amat Escalante es uno de los directores más propositivos y radicales del cine mexicano actual. Asistente de dirección de Carlos Reygadas en Batalla en el cielo (2005), las debilidades formales y de actuación de Sangre son superadas con creces en Los bastardos. En principio, la cámara panorámica permite escenas plenas y significativas (la inicial de casi 5 minutos del canal de Los Angeles y las de los asesinatos). La duración de las mismas se ajusta más a una intención dramática y no a la desdramatización de los insoportables tiempos muertos de Sangre. La edición de los crímenes es implacable pero justa porque no se regodea con la explosión del plomazo ni con el escándalo sanguinario. Queda claro que no se busca el sensacionalismo y sí la creación de atmósferas soporíferas y desesperantes (Sangre) como tensas y a punto del colapso explosivo (Los bastardos).
Los dos largometrajes de este cineasta de tan sólo treinta años nos participan del deterioro y la deshumanización de un mundo que tiene que verse en el ombligo de su terruño para mostrar los monstruos que ha engendrado. No en balde Sangre se sitúa en la provincia de Guanajuato, la tierra natal de Escalante, y Los bastardos nos convida a dos migrantes nativos de ese estado introducidos ilegalmente en Estados Unidos.
Ambas cintas han merecido reconocimientos internacionales como el premio Fipresci de la sección Una Cierta Mirada en el Festival de Cannes (Sangre) y el premio a la mejor película en la sección Nuevas Visiones del Festival Internacional de Cataluña-Sitges (Los bastardos).
*Este artículo se publicó el 3-07-09 en el periódico Política de Xalapa, Ver.