LA LINTERNA MÁGICA*
Por: Roberto Ortiz Escobar.
Poco se puede decir en favor de Chicogrande (México, 2010), la última película de Felipe Cazals que reitera su decadencia como cineasta y nos recuerda la cuantiosa cantidad (más de 35 millones de pesos) proporcionada por IMCINE a una cinta mediocre que pareciera montarse en los festejos oficiales del centenario de la Revolución Mexicana. Ya veremos que resulta de la película de Jorge Fons acerca de un pretendido atentado a Porfirio Díaz.

Por lo pronto, pondero el magnífico esfuerzo de la Fundación Toscano que también con apoyo oficial realizó Viaje triunfal (2010), película de apenas 20 minutos que reúne imágenes de documentales de la Revolución sobre el recorrido en tren realizado por Francisco I. Madero en 1911, de Ciudad Juárez a la ciudad de México. El recibimiento eufórico de la gente en diferentes puntos del país, nos remite al proyecto de instaurar un régimen democrático frente a un gobierno dictatorial. Con acompañamiento musical bien articulado, estas imágenes de hace casi cien años, se tornan conmoción nostálgica frente a una revolución cuyos altercados abrieron finalmente la brecha a setenta años de pobreza, injusticia e intolerancia.
Regresando a Chicogrande, el guión original de Ricardo Garibay no pudo concretarse como cinta de Cazals durante el margarato del sexenio de José López Portillo. Años después dio lugar a una película de Mario Hernández (La sangre de un valiente / El hombre de hierro, 1993) que incluía algunas imágenes originales de Francisco Villa. Felipe Cazals conservó seguramente una vertiente del guión original y adaptó su propia historia conocida ahora como Chicogrande. Su empecinamiento como argumentista nos recuerda que es pésimo en este rubro y que más le valdría apoyarse en un especialista, si tiene intenciones de filmar en el futuro algo decoroso y no mamotretos costosos de franco aburrimiento.
Esta película es una muestra fehaciente de errores en la concepción de una historia y su tratamiento fílmico. El tema central es el auxilio de Chicogrande (Damián Alcázar) a la escapatoria de Francisco Villa cuando era perseguido en 1916 por soldados del general Pershing, después que aquel atacara Columbus al increpar el reconocimiento de Estados Unidos al régimen carrancista.
Si bien el argumento está definido, nunca termina de amarrar porque el director no otorga dimensión dramática a sus personajes principales al someterlos al esquematismo ramplón, el mismo que acompaña a los personajes secundarios. Como en otras cintas de los últimos años (Su Alteza Serenísima, Digna: Hasta el último aliento), da la impresión que el director de viejos lauros (Canoa, El apando) pretende acudir a personajes históricos o de la vida real para reflexionar ahora sobre el destino de México y sus dificultosas relaciones con Estados Unidos, a cien años del movimiento revolucionario.
Eso se antoja interesante como proclama. El problema es la forma inocua como se maneja el lenguaje cinematográfico: continuos movimientos de cámara de pretensión vistosa cuando el corte de edición pudo solucionar al avance en la narración; exposición nauseabunda de cantinas de petatillo; insistencia visual en una garnachera inverosímil, traicionera y justiciera a la vez). Cual hermosa tarjeta postal del paisaje agreste montañoso mexicano arañando el western elegíaco de espacios abiertos en contraste con espacios herméticos, de manera lenta y desesperante se van mostrando situaciones a cual más endebles, forzadas y gratuitas. Todas ellas sin terminar de ubicar un drama personal o colectivo, a menos que la ridiculez envuelta de pretensión solemne sea el motivo de la cinta.
Son varios los elementos que el cineasta opera en su dificultoso proceso de evocar la historia a manera de metáfora de un México alterado por la desprotección, el intervencionismo y la ausencia de líderes redentores. Tres muestras elocuentes menciono a continuación. Primero, una disonante comparación entre la entrega absoluta de Chicogrande a una causa y los afanes encabritados de un jovencito doblado al momento de la tortura; es decir, la madurez consciente fraguada a madrazos y la adolescencia ilusoria sin trago amargo todavía. En segundo término, está el pasaje sobrado de Janice (Lisa Owen) como una estadounidense radicada en México y a quien Butch Fenton (Daniel Martínez) pretende proteger cuando ella podría enrollase con la bandera mexicana exponiendo más bravura que el chile xalapeño; secuencia insuficiente si consideramos que el personaje es abandonado y jamás se desarrolla, peor aún, ni siquiera se exponen los intereses que el país del norte pretendía resguardar con la Expedición Punitiva al considerar las vastas tierras del norte de México acaparadas por estadounidenses. En tercera instancia, un médico mexicano de buen discurso anti gringo pero arrugable cuando hay que atender a un Villa herido; en buena mediada, este personaje se contrasta con el médico gringo (Juan Manuel Bernal), quien escribe cartas a su familia de la realidad confusa que está viviendo y de la que adopta finalmente el compromiso forzado de curar a Villa. En último término están las voces del pueblo (desde la mujer bien posicionada hasta el desposeído) comentando cual coro plañidero la presencia del ejército estadounidense en nuestro país.
Las anteriores situaciones están expuestas con una pobreza digna de un amateur sin experiencia, son raquíticas e insuficientes, lo peor de todo, conservan un tufillo demagógico. En su intento de abarcar un todo de manera crítica y simbólica, Cazals eligió la levedad que otorga la superficialidad. Más aún, sus personajes no son articulados convincentemente porque no están concebidos como de carne y hueso. De ahí el desequilibrio de un solvente reparto actoral desperdiciado al menor pretexto cuando dicen diálogos no propiamente humanos, sino de discurso oficialista priista interpretando a la historia mexicana, a sus líderes y a sus luchadores anónimos frente al peligro extranjero. Daniel Martínez como el intervencionista militar dice bien sus parlamentos en inglés pero nunca abandona su cara de malo-malo. Damián Alcázar empieza correctamente y termina como héroe patético de risa loca, montando a caballo con todo y bala en el cuerpo y sangre terminal vomitada.
En el caso de los errores de guión, sólo menciono dos perlas: el doctor gringo no sólo escribe una sino hasta dos cartas para subrayar su azote emocional frente a una realidad mexicana que no termina de entender, pero ante la cual toma una actitud digna, como la sugerida por Janice. Él mismo sale a las calles del pueblo y no sólo es rechazado por tres señoras con rebozo, sino también por varios niños jugando en cuclillas. Para Cazals es necesario insistir hasta el cansancio situaciones que entendería un párvulo con una sola escena.
En Chicogrande se nos quiere exponer un México convulso donde existían ideales que perseguir. El Cazals de viejos fueros se nos muestra como la pálida sombra que actualmente es, o más bien, nos confirma al cineasta no siempre convincente en sus alegatos de justicia en pasajes de la historia o sucesos de la vida real. Seguramente una de las peores cintas mexicanas de los últimos tiempos. Con sólo ver los primeros planos de fotografía embellecida, a los amantes del western crepuscular les podría salir el tiro por la culata.
*Artículo publicado el 7 de junio de 2010 en el periódico Política de Xalapa, Ver.